Saber decir te quiero de mil y una formas diferentes.

Para nadie ha sido fácil este año y probablemente encontraremos más cosas para querer olvidar que para recordar. Sin embargo, quiero, necesito, hacer una valoración positiva de este 2020.  Empezó el año y literariamente ya estaba metida en una novela histórica. Documentación, tramas, escaletas, personajes… Tengo que reconocer que me costó muchísimo sacarme de la cabeza a Carmen y a Víctor y meterme en otra historia. «Y sí, te quiero» es una novela muy personal, muy íntima y muy diferente a todo lo que había escrito antes. Carmen no soy yo, pero es mi ansiedad la que se ve reflejada en ese libro. Me desnudé tanto que nada de lo que escribía a partir de ese momento me resultó lo suficientemente real, creíble y a la vez sensible… No sé. Hay muchos adjetivos que podría utilizar para expresar mi frustración en ese sentido. Sin embargo, decidí que un cambio de registro me vendría bien y que ocupar mi tiempo en la documentación de otra novela me facilitaría las cosas. Empezaba a vislumbrar la luz al final del túnel cuando nos confinaron. No es que mi vida cambiara mucho en cuanto a que yo ya trabajo en casa y paso la mayor parte de mi tiempo encerrada escribiendo. Pero podía salir si quería o si lo necesitaba, y tenía mis momentos a solas. No había otro sonido en mi cabeza que mis pensamientos y el tecleo incesante de mis dedos. De repente, la soledad se convirtió en bullicio, el silencio desapareció hasta de mi mente y me perdí. Perdí mi rutina, mi disciplina, mi libertad y mi inspiración para sustituirla por el miedo, la necesidad de protegernos y de que mis hijos no sufrieran. Creo que nunca habíamos estado tanto tiempo los cuatro juntos. Y, curiosamente, cuando todo volvió a una relativa normalidad, los eché de menos.

Marzo y abril fueron muy duros. Leí mucho. Sobre todo novelas ligeras, divertidas y que a la vez me dieran un pellizco en el corazón. Y esa necesidad de leer, me dio también la urgencia de retomar una historia que podía tener todo eso.  Hace años que tenía planificada la historia de Potro, pero siempre he pensado, y creo que lo he dicho muchas veces, que cada novela tiene su momento. Y si había uno para él era este.

En mayo comenzamos a salir y para entonces yo ya había establecido mi rutina. No obstante, tenía muchos altibajos y pasaba más horas releyendo y replanteando escenas que escribiendo. Es lo que sucede cuando te interrumpen cada dos por tres y no te puedes concentrar. Pero entonces llegó el verano. Y me fui de mi piso a un chalet que tenía jardín. Y piscina. Y podía estar al aire libre y respirar, sobre todo respirar. Potro resurgió con más fuerza que nunca y fluyó entre mis dedos con asombrosa facilidad, volví a sentirlo mío y me entregué a su historia. Pero como nada es eterno, agosto me devolvió a casa. Otra vez vuelta al encierro,  a que los niños se aburran, a la desesperación y a las pocas horas que poder dedicar a escribir. No obstante, no podía perder todo lo que había conseguido. Así que hice todo lo que pude para llegar a todo. Para salir a pasear cuando no hacía calor, para ir a la playa día sí, día no, para intentar llegar a todo con la sensación de que quien mucho abarca poco aprieta. Pero como todo, es cuestión de acostumbrarse. Tras unas semanas, todos volvimos a encajar.

Septiembre trajo consigo el colegio y el silencio en casa. Tocaba encarar la recta final de la novela y tenía que hacerlo más por exigencia personal que por otra cosa. Y en noviembre escribí la palabra fin. Más tarde de lo esperado, pero lloré por haberlo conseguido. Porque no había sido fácil y porque había salvado una barrera que al principio de todo esto me pareció imposible. Lo hice. Escribí la historia que Potro se merecía y publiqué la novela en diciembre. Ni qué decir tiene lo agradecida que estoy del recibimiento que le habéis dado. Acabo el último día del año entre los primeros puestos de romántica cuando me llegué a plantear si publicar su historia o no. Y eso, eso es un chute de energía y positivismo increíble que me proporcionáis vosotros, lectores y lectoras. Porque una novela no existe si no se lee.

¿Qué deseo para el 2021? Pues normalidad. No nueva, si no vieja, conocida, familiar, llena de besos, abrazos y sonrisas con los labios además de con los ojos. Deseo salud y felicidad, cómo no. Además, nos hemos embarcado en un nuevo proyecto de vida que ha hecho que viva con ilusión estos últimos meses del año. De perdidos al río.

Profesionalmente, he recibido una propuesta muy atractiva y que, en principio, valoro como muy positiva. Tengo unos meses para terminar el proyecto que dejé a medias y lanzarme a esa nueva experiencia. No os puedo contar más, solo que se trata de una historia que ya ha invadido mi mente y me reclama que teclee y le de vida.

Así que en conjunto, he aprendido a valorar lo que tengo. A separar lo importante de lo que no lo es tanto. A seguir mis instintos y dejarme guiar por ellos porque rara vez se equivocan y me gritaban que era el momento de Potro. A ser paciente. A ser agradecida por todo lo que recibo y a querer sin ambages, sin remilgos y sin vergüenza, porque si algo me ha dado la escritura, es saber decir te quiero de mil y una formas diferentes.

Feliz año nuevo, amigas y amigos. Nos vemos en 2021 para seguir soñando historias juntos.

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