Duncan McKenzie. Tercera parte

El cielo presagiaba tormenta y el viento traía el olor a humedad del bosque, pero no le importó acabar empapada si por fin podía reunirse de nuevo con Duncan. Tres días, tres largos, angustiosos y expectantes días a la espera de que por fin pudiese gozar de cierta libertad para correr a su encuentro. Cuando su padre anunció que él y sus hermanos se ausentarían todo el día no lo dudó y en cuanto los vio desaparecer corrió al encuentro de su amado.
Los truenos la acompañaron en su alocada carrera hasta que divisó el muro, y tras él, a Duncan pasearse como un perro enjaulado por sus tierras. La dicha que sintió al ver que no había faltado a su promesa se extendió por su pecho y gritó su nombre.

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Duncan McKenzie. Segunda parte

Duncan no faltó a su promesa y ella encontró flores en el muro cada día. No obstante, no había vuelto a coincidir con él. Cuando lograba salir de su casa, tras pedir permiso a su padre y dejar organizadas las tareas del hogar, corría como si los lobos la acecharan a sabiendas que el sol ya lucía demasiado alto para que volviese a producirse un encuentro y que con total probabilidad, solo la esperasen las flores sobre las frías piedras.
Hacía más de una semana que acudía a recoger sus presentes, cada vez más abundantes y diversos en tamaños y colores, pero hoy por fin había logrado escabullirse más pronto y guardaba la secreta esperanza de un nuevo reencuentro.

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Duncan McKenzie. Primera parte

Era un día espléndido, el primero tras el frío invierno que quedaba atrás y que había dejado las puertas abiertas a la primavera. El tibio sol hacía gotear la escarcha de los árboles y el sonido del agua que corría por los riachuelos improvisados por el deshielo la hizo sonreír. Había pedido permiso a su padre para salir, pero este, reunido con sus hermanos, apenas había levantado la cabeza para mirarla y asentir mientras le indicaba que no lo molestara y les dejara solos…

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