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Duncan McKenzie. Tercera parte

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El cielo presagiaba tormenta y el viento traía el olor a humedad del bosque, pero no le importó acabar empapada si por fin podía reunirse de nuevo con Duncan. Tres días. Tres largos, angustiosos y expectantes días a la espera de que por fin pudiese gozar de cierta libertad para correr a su encuentro. Cuando su padre anunció que él y sus hermanos se ausentarían todo el día, no lo dudó y en cuanto los vio desaparecer corrió al encuentro del hombre del que se había enamorado. 

Los truenos la acompañaron en su alocada carrera hasta que divisó el muro, y tras él, a Duncan pasearse como un perro enjaulado por sus tierras. La dicha que sintió al ver que no había faltado a su promesa se extendió por su pecho y gritó su nombre. Como él había hecho días atrás. Las primeras gotas de lluvia empapaban su rostro cuando por fin se abrazaron. Esta vez no hubieron palabras, solo besos acalorados, abrazos reconfortantes y manos capaces de calmar la ansiedad de su piel. El aguacero se intensificó y rodeados de rayos que iluminaban el cielo y truenos que hacían vibrar la tierra bajo sus pies, Duncan le dio un momento de respiro.

—No podemos quedarnos aquí.

—No tengo mucho tiempo, debo regresar a mi hogar. Si mi padre llega y no me encuentra… —dijo desesperada y llena de tristeza.

—Necesito estar más tiempo contigo. No estoy preparado para dejarte marchar tan pronto.

Cerca de ellos, un rayo impactó sobre un árbol y los sobresaltó a ambos.

—Tenemos que alejarnos del bosque. —La tomó de la mano—. ¿Confías en mí?

Ella asintió porque no podía negarle nada a ese hombre, porque oponerse a sus sentimientos sería como dejar de ser quien era, porque formaba parte de ella.

Duncan la llevó hacia su caballo, la montó delante de él y espoleó al animal hasta que lo puso al trote y se adentraron en las tierras de los McKenzie. Cerca del linde entre ambos clanes había un molino y Duncan no dudó en llevarla hasta allí. Bajó de un saltó y la tomó de la cintura para ayudarla a descender. Pero no la dejó en el suelo embarrado, la tomó en brazos hasta que abrió de una patada la puerta de madera y la lluvia les dio un respiro. Despacio, la dejó sobre la paja seca que se amontonaba a un lado y se quedó de pie, observándola,  hasta que con lentitud se tendió sobre ella y retomaron sus besos. Pero estos no fueron suficientes. Ella ansiaba más, más contacto, más caricias… Las capas de ropa empezaron a caer una a una hasta que sus cuerpos se tocaron piel con piel, hasta que las manos de Duncan no encontraron ningún impedimento y su boca pudo saborear la cúspide de sus pechos, la depresión de su ombligo y el monte de su sexo. Jadeó y se movió inquieta, sobrepasada por aquellas atenciones, mientras suplicaba su nombre y con cada uno de sus ruegos le entregaba su amor.

—Voy a hacerte mía… —Duncan se posicionó entre sus piernas y esperó, como si necesitara una confirmación.

Lo miró sin terminar de comprender, pero si algo sabía cierto es que hacía tiempo que ya era suya. Rodeó su cuello y lo acercó de nuevo a su boca. Con algo de incomodidad sintió como él se abría paso dentro de ella. Se aferró a sus hombros y lo miró asustada hasta que el escozor dio paso al placer y Duncan empezó a moverse, despacio. Esperó hasta que ella se acopló a sus embestidas y empezó a intensificar sus movimientos. Solo entonces se permitió dejarse llevar y llevarlos ambos al éxtasis. Jamás había pensado que se pudiese compartir tanto amor con otra persona. Todavía con manos temblorosas enmarcó el rostro de Duncan y como había desnudado su cuerpo, desnudó su corazón.

—Te amo.

Él no respondió. Solo la miró como si de repente la viera por primera vez y fuera consciente de lo que acababa de suceder. Ese simple cambio en su mirada fue suficiente para que ella se avergonzara. No de su confesión, porque a estas alturas sus sentimientos eran más que evidentes, pero sí de su desnudez. Intentó incorporarse y Duncan accedió a sus deseos retirándose. Se colocó los calzones y observó en silencio como ella se cubría con la camisola empapada.

—Yo… —murmuró Duncan. Pero no tuvo tiempo a nada más. El primer puñetazo lo tendió en el suelo y empezó a recibir patadas y golpes sin contención mientras ella gritaba presa de horror que lo soltaran.

La bofetada que recibió de su padre la hizo enmudecer.

—¡Maldita ramera! —gritó fuera de sí— ¡En un pajar! Has entregado tu dignidad en un sucio y polvoriento pajar como una cualquiera. ¡Has arrastrado nuestro apellido por el fango! —La tomó por el cabello y la tiró a un charco que había cerca de la puerta.  

No podía dejar de llorar, las lágrimas que empapaban su rostro no la dejaban ver con claridad pero seguía suplicando por Duncan. Hasta que su padre ordenó a sus hermanos que pararan.

—Repararás esta ofensa. —Cogió del cabello a Duncan y le levantó la cabeza hasta tenerla a escasos centímetros de su rostro—. Te vas a casar con mi hija y lo harás más rápido de lo que has tardado en bajarte los calzones. Una Gordon se desposará con un McKenzie. Mañana os esperaré a ti y a tu padre en mi casa para fijar los términos de este matrimonio.

Sin más lo soltó y lo dejó tirado en el suelo. Se acercó hasta ella y le tiró su capa.

—¡Levántate!

—Pero Padre… Duncan… —intentó acercarse pero sus hermanos se lo impidieron. Calem la cargó sobre sus hombros y la sacó de allí.

La mañana siguiente no había amanecido menos gris que la anterior, sin embargo de momento la lluvia no había hecho acto de presencia. Durante horas se paseó por su habitación a la espera de que Duncan llegase y accedieran a dejarla bajar al salón. Si algo bueno salía de todo ello es que acabaría desposada con el hombre que amaba y esa era suficiente esperanza para calmar un poco su desesperación. Angustiada,  apenas comió ni pudo estarse quieta hasta que por fin la doncella vino a buscarla con la noticia de que Duncan había llegado y la emplazó a reunirse con su padre. Empezó a correr escaleras abajo hasta que lo vio. Estaba bastante magullado pero su pose era orgullosa como la de un rey. Intentó acercarse pero Alec se interpuso en su camino y no se lo permitió. Duncan la miró de soslayo y eso la inquietó más si es que era posible.

—¿Y bien? ¿Dónde está vuestro padre?

—No vendrá —respondió Duncan con suma tranquilidad.

—¡¿Qué demonios significa eso?!

—Significa que no me desposaré con vuestra hija y que mi familia apoya mi decisión.

Las rodillas no pudieron sujetarla y solo encontró apoyo en el frío suelo de piedra. Él ni siquiera la miró.

—¡¿Cómo has dicho?! ¡Por supuesto que te casarás con ella! Yo mismo iré a buscar a Malcom McKenzie para que atienda a razones! —gritaba su padre.

—No servirá de nada —respondió Duncan impasible—. Nuestro clan se desentiende de que vos no pudieseis mantener la dignidad de vuestra hija como era vuestra función. Cualquier hombre tomaría lo que se le ofrece.

Un quejido ahogado salió de su garganta. ¿Se podía morir de decepción? ¿De desamor? Ella apostaba a que sí. El sollozo desgarrador inundó el ambiente tenso del salón.

—Duncan, por favor… —suplicó incapaz de comprender su actitud —. Yo te amo…

Él apenas si cerró los párpados durante un momento, como si realmente sus palabras le afectaran, pero sin pesar ninguno dictó su sentencia de muerte.

—Pero yo no.

A partir de ese momento todo desapareció a su alrededor y su cabeza fue incapaz de procesar cualquier pensamiento coherente. Vio como los gritos se sucedieron pero no los escuchó, vio como sus hermanos echaron a Duncan de su hogar y sintió tiempo después como las manos de su padre, duras, ásperas e hirientes la levantaban del suelo para devolverla a él de un sonoro bofetón. Y supo, sin lugar a dudas, que aunque su cuerpo lograse mantenerse con vida, su alma había muerto.

Si queréis saber cómo termina esta historia de amor, además de conocer cómo es la de Niall, no os perdáis mi próxima novela: Palabra de McKenzie.
Espero que como adelanto lo hayáis difrutado.
Besos. Tessa
Comentarios

4 comentarios

Janeth calderon

No Dios mio, pobrecita…porque nos dejas asi Tessa…snifff.

LUNA GONZÁLEZ

Esto no quedará así Sra Martín, palabra de González.
Ahora, desesperada por atrapar la novela.

Enhorabuena, como estrategia comercial ha sido cojonuda, a ver quién se resiste a lanzarse a leerla en cuanto salga y como novela has creado un clima intenso y atractivo al que ya me he rendido.

Besos de colores!

maribel (Vanedis)

Esto…seguro que no es una bromita tuya?? No hay cuarta parte??
Quiero decir que Duncan parecía tan adorable, que se me han caido las enaguas al suelo de golpe.
Pues nada, habrá que hacerse con la novela para saber qué ocurre, porque esto no puede quedar aqui.
Besos!!

Bela Marbel

Yo, lo capo! Promesa de Marbel.


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