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Ojos verdes

¡Atención! Este relato titulado "Ojos Verdes" no es recomendado para menores, así que si no eres mayor de edad, mejor que no sigas leyendo.
Os dejo un relato erótico para Halloween. Leedlo y me contáis. Espero vuestras impresiones.

 

Domingo 5:00 a.m

El matrimonio bajó del coche y de inmediato, como si no pudiesen soportar la excasa distancia que los separaba, se pegaron el uno al otro. Ella abrazó la cintura de su esposo y él la rodeo por los hombros, acercándola más si cabía a su costado, al tiempo que con el otro brazo arrastraba la maleta por la terminal del aeropuerto.

—Solo va a ser una semana, cariño —intentó consolarla ante la presión, casi asfixiante, con la que se agarraba a él—. Piensa que si el acuerdo sale bien voy a tener más tiempo libre para nosotros.

—Ya lo sé, pero no me hace mucha gracia que te pases una semana por Brasil con esas “garotas” rondando.

Hizo un mohín enfurruñado y él estalló en carcajadas.

—Sabes perfectamente que para mí solo existes tú. Además, recuerda que podrías haberme acompañado.

—¿Y qué voy a hacer? ¿Quedarme en el hotel todo el día?

—Claro. Te pasarías el día durmiendo y las noches despierta, en la cama, conmigo…

—No me tientes, que como te tome la palabra me presento allí cuando menos te lo esperes y ya te puedes ir despidiendo de las cenas de negocios. No te dejaría salir de la habitación.

—Si es así, vamos al mostrador y te compro un billete —bromeó con ella. Aunque deseaba que lo acompañase, sabía que no sucedería. Habían hablado lo suficiente del tema para llegar a la conclusión que lo mejor para ambos era que él se centrara en su trabajo, lejos de la preocupación de saber que ella estaba sola por Brasil mientras él acudía a las reuniones de negocios que tenía previstas.

—No lo tendrás tan fácil, apareceré sin previo aviso —le siguió el juego un poco más antes de volver a acercar su rostro a la chaqueta y aspirar su aroma.

—Cielo, piensa que cuando vuelva tendremos diez días para nosotros solos. Ve pensando dónde quieres ir y qué quieres hacer.

—El primer día ya lo tengo previsto.

—Soy todo oídos.

—Encargaremos a nuestro bebé.

Lo miró expectante. Era la primera vez que expresaba abiertamente su deseo de ser madre y deseaba con todas sus fuerzas que él compartiera la misma ilusión por tener un hijo que ella.

—Y para asegurarnos de que llega, seguiremos practicando el resto de días.—Sonrió y la besó en los labios. Solo un pequeño anticipo de lo apasionado que sería su reencuentro. Se separó de ella y miró el reloj para comprobar de cuánto tiempo disponían—. Tenemos media hora aún. ¿Desayunamos?

La pareja se dirigió a la cafetería. Había muy poca actividad en esa zona del aeropuerto y el silencio los obligaba a hablar en voz baja, casi susurrando. Solo había un cliente más, de espaldas a ellos, con una impoluta camisa blanca y un maletín negro a su lado, en el suelo.

—Nunca hemos estado separados tanto tiempo —dijo ella con pesar. Tomó su mano y aprovechó para tocarlo, acariciar la suave piel de sus nudillos y juguetear con el anillo de casado—. Voy a echarte mucho de menos.

—Y yo a ti. Pero se pasará rápido, ya verás. Solo son siete días. El domingo a las doce en punto tú me estarás esperando aquí mismo y yo estaré deseando llevarte a casa y encerrarte en nuestro dormitorio. No pienso darte tregua.

A la hora prevista, se dirigieron hacia el control de seguridad. Se abrazaron y besaron con ansia y desesperación para guardar en su recuerdo el roce de los labios y el sabor de sus besos hasta el próximo encuentro. Solo cuando ya no pudo seguirlo con la mirada, dejó que una lágrima rodara por su rostro. Era un tontería, lo sabía. Solo un viaje de negocios, pero tenía una sensación extraña, casi como un presentimiento que atenazaba su pecho y lo oprimía. Se dio la vuelta demasiado rápido, dispuesta a salir del aeropuerto cuanto antes, y chocó contra el pecho de un hombre.

—Disculpe, señorita.

—No, no… Perdóneme usted, andaba distraída. —Levantó la cabeza y se quedó inmóvil, atrapada por el fascinante verde de los ojos de aquel extraño con el que había tropezado. Sintió una atracción irresistible hacia ellos. Como la fuerza de la gravedad en un agujero negro, no podía dejar de caer en la profundidad de esa mirada.

—¿Se encuentra usted bien? —preguntó el hombre con voz grave, masculina, y un tono encantador.

—Sssí, sí. —Se tambaleó ligeramente—. Me he mareado un poco.

—Le preguntaba si sabe por dónde queda la salida a la zona de taxis. Creo que me dirigía en sentido contrario.

Ni siquiera recordaba que él hubiese formulado la pregunta. Atribulada por lo atontada que se había quedado mirándolo, respondió apresurada.

—No. Quiero decir sí, es por allí. Estaba en la buena dirección.

—Eso seguro. La he encontrado a usted. —Sonrió de medio lado haciendo que los ojos de ella se desviaran a su boca.  Se fijó en la perfección de sus dientes y la sensualidad de sus labios—. Gracias por la ayuda.

Con una ligera inclinación de cabeza, el hombre continuó andando. Sin embargo, ella lo siguió con la mirada. Recorrió con sus ojos la esbelta figura. Reparó en sus hombros cuadrados, la ancha espalda enmarcada por una camisa blanca y la estrechez de sus caderas acentuadas por el pantalón oscuro que delineaba sus musculosas piernas, y en el maletín que portaba. Caminaba con paso firme y elegante, desprendiendo masculinidad y sí, erostismo. Había algo sensual en sus gestos, en su mirada. En aquellos ojos verdes que era lo único capaz de recordar de su rostro. Esos ojos…

Alguien tropezó con ella, parpadeó varias veces pero se sentía confusa. El hombre de los ojos verdes había desaparacido y ella acalorada, se dirigió con paso rápido al aparcamiento. Entró en su coche y al cerrar de un portazo fue como si despertara de un sueño. Tomó conciencia del pormenorizado examen al que había sometido a aquel extraño y volvió a avergonzarse por su propia excitación. Hacía un momento que estaba despidiendo a su marido y ahora se encontraba atribulada por la mirada de un desconocido.

Sumida en sus pensamientos condujo hacia la zona de llegada, pasó de largo la primera salida a la autovía sin darse cuenta, y siguió bordeando la zona de recogida del aeropuerto hasta que al final, en la zona de taxis, vio de nuevo al hombre de la camisa blanca. No había ningún vehiculo cerca, sin pensar lo que hacía, casi por inercia, se paró a la altura del hombre y bajó la ventanilla.

—Hola… ¿Se acuerda de mi? La que le ha arrollado hace unos minutos. Si va a la ciudad podría acercarle.

—¿Está usted segura? —Aquella voz reberberó por todo su cuerpo. La piel se le erizó y el sutil roce del sujetador contra sus pechos a punto estuvo de hacerla jadear. Sin embargo, aquella pregunta había sonado más a advertencia que a expresión de cortesía.

—Sí —respondió con más ansiedad de la que le hubiese gustado mostrar.

—En ese caso, no se me ocurre mejor compañía para llegar a mi destino.

El hombre se acercó a la parte de atrás del coche, depositó  el escaso equipaje en el maletero y se sentó en el asiento del copiloto.

—¿Cuál es ese destino? Intentaré dejarle lo más cerca que pueda. —Quiso apartar la mirada, pero hasta que él no hizo un ademán y le señaló la carretera se sintió incapaz.

—Oh, no se preocupe. Usted siga su camino. Yo me conformo con que me deje cerca de una parada de taxis o una boca de metro.

—De acuerdo —susurró. Aceleró el vehículo y salió del aeropuerto sin dificultad.

Durante todo el trayecto sintió la mirada penetrante de aquel hombre recorrer su cuerpo, pero lejos de intimidarla, cada vez se sintió más excitada y consciente de las reacciones que aquel extraño le provocaba. El roce de la ropa sobre su piel casi se le antojaba insoportable. Se mordisqueaba los labios con insistencia y con disimulo rozaba sus muslos en busca de un poco de alivio.

Llegó a la ciudad más pronto de lo que le hubiese gustado. Estaba ya cerca de su casa cuando paró al lado de una boca de metro.

—Parece que nuestros caminos se separan aquí —murmuró con pesar.

—Solo si usted quiere. Me encantaría invitarla a desayunar. Si no lo ha hecho ya, claro.

—Acepto —contestó con demasiada rapidez, lo que la hizo enrojecer—. La verdad es que tengo un poco de hambre —mintió—. Conozco una cafetería que no queda lejos de aquí —se apresuró a aclarar.

—Perfecto. Por cierto, me llamo Luque. —Tendió su mano y esperó a que ella la tomara.

El solo contacto de sus dedos sobre la piel le provocó un tirón en su vientre. Jadeó y apretó las rodillas.

—Luque… —repitió—. Creo que no había escuchado nunca ese nombre.

—Se escribe “L-O-K-E”—deletreó él—. Es nórdico.

Soltó la mano y ella automáticamente se acarició los labios con los dedos.

—Déjeme decirle que no tiene usted pinta de nórdico, precisamente.

—No se deje engañar por mi aspecto. Ahora dígame su nombre.

—Yo me llamo Cándida, pero todos me llaman Candi. Mi abuela se llamaba así y mi padre no dio opciones.

—Encantado, Candi. Tiene un nombre muy dulce y sugerente.

Se sonrojó bajo la atenta mirada del hombre y se lamió provocativa el labio inferior.

Cuando bajaron del vehículo, Loke colocó una mano en la parte baja de su espalda y la acompañó hasta la cafetería. Una vez dentro, retiró su silla y esperó a que tomara asiento para hacerlo frente a ella.  Después de dos horas de preguntas personales e insinuaciones, Candi tomo conciencia de lo que estaba haciendo y sintió súbitamente la necesidad de huir de aquella situación.

—Bueno, Loke, debo ir a casa. Se hace tarde. —Candi se levantó apresurada, cogió su bolso y se alejó unos pasos hacia atrás.

—Estoy seguro de que no deseas hacerlo sola. ¿Me equivoco, Candi? Deseas que te acompañe tanto como deseo hacerlo yo —siseó Loke mirándola fijamente a los ojos.

Sin más, dejó un par de billetes en la mesa y apoyando de nuevo su mano en la parte baja de la espalda de Candi la llevó de regreso a su vehículo.

Domingo 12:00 am.

Cándida tuvo el orgasmo más potente de su vida. Loke había jugado con ella acercando y alejando el clímax a su antojo hasta que, cuando decidió que ya era suficiente, creó en ella una avalancha de puro placer que casi hizo que perdiera el conocimiento.

—No había sentido nada igual en mi vida. Ni sabía que pudiera existir algo así —dijo Candi minutos después, aún en la cama mirando al techo, completamente extasiada—. Debería ser obligatorio tener por lo menos uno de estos, no se…. para que te consideren mayor de edad.

—Hay muy pocos que puedan hacer lo que yo hago y como yo lo hago, preciosa.

—No lo dudo.

—Considérate afortunada.

—Oh… sí. Lo hago.

Candi subió sobre el cuerpo de Loke y se restregó sobre él como una gata en celo. Acababa de alcanzar el éxtasis más grande de su vida, sin embargo necesitaba más.

—Veremos si opinas igual dentro de un tiempo —dijo Loke sonriendo. Apretó sus nalgas y la empujó sobre su erección. Dejó que el sexo de ella rebalara sobre el de él pero se negó a penetrarla. No obstante, Candi alcanzó un nuevo orgasmo devastador—. Ahora vístete, vamos a salir a comer. Ponte un vestido, y Candi… solo el vestido.

Loke la guió por las afueras de la ciudad hasta llegar a un apartado restaurante de aspecto sofisticado en mitad de un camino rural. Había poca gente, más de la mitad de las mesas estaban vacías, pero nadie se fijó en su llegada. No los miraron ni una sola vez. Solo el metre, que pareció reconocer a Loke, caminó con presteza hasta la mesa al parecer reservada para él con vistas al precioso jardín y les invitó a tomar asiento. Con un simple cabeceo de Loke el encargado del restaurante desapareció con rapidez. Candi comenzó a removerse inquieta. El roce de su trasero desnudo sobre el terciopelo de la silla y la mirada lasciva de luke, erizaba sus pezones y la humedad empapaba su sexo.

Empezaron a llegar platos de degustación sin que ninguno de los dos hubiera pedido. Comieron en silencio, sin dejar de devorarse con la mirada. Candi solo sabía que hasta el momento todo era perfecto, como en un sueño. La comida era una delicia. La mezcla de sabores exóticos y extraños la excitaron aún más, como si la misma Afrodita hubiese preparado los alimentos. Cada vez que el tenedor entraba a su boca gemía de placer y balanceaba sus caderas contra la silla buscando, sin conseguirlo, alcanzar el ansiado éxtasis.

—Llegó la hora del postre. —Loke retiró su silla apenas un metro de la mesa—. Acércate.

Ella obedeció de inmediato. De pie, a su lado, dejó que él metiera la mano entre sus piernas y fuera acercándose hacia su sexo sin importar que alguien pudiera verla. Echó la cabeza hacia atrás cuando tentó su entrada resbaladiza y jadeó de placer cuando Loke deslizó sin más preámbulos dos dedos en su interior. El placer solo se vio interrumpido cuando él retiró su mano y procedió a liberar su impresionante erección. Candi gimió de frustracion ante el súbito abandono.

—Súbete la falda y siéntate a horcajadas sobre mí.

En cuanto estuvo listo, Candi abrió sus piernas y se dejó caer con impaciencia sobre su miembro, permitió que la empalase y comenzó a cabalgar sobre él al tiempo que sus músculos se contraían de anticipación. Loke arremetía con brusquedad golpeando la pared interna de su cuerpo, provocándole un dolor placentero que la catapultaba hacia el placer más devastador. Esta vez fue rápido. Entre los estertores del orgasmo estuvo segura de que había gritado sin control, aunque no le importaba lo más mínimo. Él la levantó de su regazo, se acomodó la ropa y la acompañó de nuevo a su silla. Después del postre, regresaron a casa.

Lunes 20:00 pm.

Desde que volvieron del restaurante el día anterior no habían vuelto a vestirse. Candi había perdido la cuenta de las veces que la había tomado Loke. No recordaba si había comido algo desde el día anterior o si había dormido. Vivía en una nube. Desnuda, recostada sobre la alfombra del salón, mirando el atardecer por la ventana, solo era capaz de pensar en una cosa…

Loke, también desnudo, hablaba por teléfono de espaldas a ella. En cuanto colgó, se volvió sabiéndose observado y sonrió seductor.

—He encargado la cena. Dentro de poco llegará el repartidor y le recibirás tú, desnuda.

Aquella orden volvió a excitarla y asintió, ansiosa de satisfacerlo en todo lo que deseara.

Media hora después llamaron a la puerta. Candi abrió, tal y como le había ordenado, y sin ningún pudor hizo frente al hombre que aguardaba para entregarle la comida. Recogió las dos bolsas de papel, una blanca y la otra negra y las sujetó contra sus pechos. El repartidor vestía un elegante traje oriental y la miraba al  rostro con inexpresiva indiferencia. El hecho de que no se sorprendiera al verla desnuda, o que no desviara la mirada de sus ojos, enfadó a Candi. ¿Acaso no le parecía deseable? Era joven, guapa y tenía buen cuerpo. ¿Por qué no reaccionaba ese hombre? Sin pensarlo, dejó las bolsas sobre el mueble de la entrada y se acercó al impasible repartidor. Empezó a acariciarlo sobre el pantalón del quimono y a restregarse sobre él. Con una mano se acariciaba un pecho y pellizcaba su inhiesto pezón, al tiempo que con la otra seguía presionando el miembro dispuesto hasta que sintió que se liberaba en su mano y aparecía la mancha de humedad en su pantalón. El repartidor bajó la cabeza y mirando al suelo se alejó de aquella casa.

Candi, triunfante, recogió las dos bolsas y entró en el salón. Loke no había perdido detalle y satisfecho, la felicitó.

—Lo has hecho bien, nena. Ahora, ven aquí y tiéndete en la mesa, boca arriba. —La ayudó a acostarse y con la yema de los dedos resiguió el contorno de su cuerpo—. Tengo hambre, comeré yo y tú serás mi plato.

Loke cogió la bolsa negra y dejó la blanca a un lado. Repartió con esmero sobre el cuerpo desnudo de Candi pequeñas raciones de lo que parecía comida oriental, desde los pechos hasta los muslos. A sus pies, sin dejar de mirarla, empezó a saborear una especie de sopa. Cuando acabó, puso una última ración en la frente de Candi y la besó. Introdujo la lengua y ella pudo saborear el gusto picante y especiado de lo que él acababa de tomar.

—Ahora voy a terminar mi cena. No te moverás, y  haga lo que haga, no dejarás que caiga ningún trozo de comida de tu cuerpo. ¿Entendido?

—Sí… —jadeó, casi rogó para que empezara.

Loke comenzó a recorrer con su boca el cuerpo de Candi. Cada roce de su lengua era como una descarga eléctrica de excitación. Al pasar por el pecho se detuvo en los pezones y Candi tuvo que sujetarse con las manos a los lados de la mesa. Aguantó estoicamente sus provocativos mordiscos y la sensación de calma que su lengua le provocaba, solo porque él le había pedido que no se moviera. Quedaban cinco raciones sobre su cuerpo; una en la frente que la obligaba a mantener la vista hacía el techo, dos en las clavículas, una sobre el ombligo y otra en su depilado pubis. Empezó por esta última. Se recreó lamiendo, succionando y mordisqueando su hinchado clítoris hasta llevarla al éxtasis con un grito desesperado que reberberó en las paredes del salón. Candi no podía comprender las sensaciones que experimentaba. Le daba la impresión que este hombre tenía tres lenguas y cada una se movía en el lugar correcto para arrancarle placer. Tuvo que hacer acopio de la poca fuerza de voluntad que le quedaba para no dejar caer los trozos de comida que descansaban aún sobre su cuerpo. Un cuerpo que permanecía rígido e inmóvil con la excepción de las piernas, que ahora descansaban sobre la espalda de él. Cuando le sobrevino el segundo orgasmo, el trozo de sushi que descansaba en su ombligo rodó hacia abajo al arquearse por el éxtasis y fue recogido por la lengua de Loke, que había acabado eficazmente la tarea anterior.

—Delicioso. —Candi no supo si se refería al sushi o a su orgasmo—. Pero te has movido, pequeña. Voy a tener que cobrarme tu desobediencia.

Terminó los bocados que le quedaban y le dio la vuelta con eficiencia sobre la mesa. Candi apenas tocaba el suelo con la punta de los dedos de los pies. Loke acarició con una mano su trasero expuesto, con una rodilla abrió sus piernas y de una certera estocada la poseyó. Rugió de placer al tiempo que se movía sin control y percutía implacable dentro de su cuerpo derramándose dentro de ella.

Miércoles 10:00 am.

—Y al tercer día, resucitó —soltó de repente Loke mientras penetraba a Candi.

La frase la extrañó. Fue como si saltara un interruptor. Nunca había oído a Loke decir nada mientras follaban, y apenas habían hecho otra cosa.

—¿Qué? —acertó a preguntar entre jadeos.

—Llevamos ya tres días juntos. —Gruñó y se adentró una vez más con rudeza—. Creo que ha llegado la hora de hacerte una pequeña confesión —dijo Loke mientras aceleraba paulatinamente el ritmo de las embestidas—. Verás, me he aprovechado de ti.

—¡Oh, Dioss! Cállate por favor… pero no pares, no pares de moverte —el tono vacilante y la voz entrecortada de ella contrastaba con la serenidad de las palabras de él.

—Curioso que nombres a Dios en este preciso momento —se mofó—. En situaciones normales, tú nunca me hubieras dejado meterme entre tus piernas. ¿Cierto?

—Sigue… Pero no hables, por favor. —Se arqueó y se movió frenética debajo de él.

Sin embargo, no hizo caso a su ruego y continuó con su confesión.

—Te he… ¿cómo decirlo? Te he… ¿hechizado? Sí, hechizado podría valer.  —Su posesión seguía siendo implacable, sus estocadas certeras y eficaces—. Aunque ahora mismo estás casi libre de mi influencia. Si quieres que pare lo haré —. Profundizó aún más el ritmo y la intensidad de sus penetraciones hasta hacerla gritar.

—¡No! No pares. No pares. Ohhh…

Un nuevo orgasmo, uno de tantos en estos últimos tres días, sacudió el cuerpo de Candi. Aunque esta vez fue diferente. Algo había cambiado, Cándida sintió un poco de vergüenza, de culpa, de duda… También fue consciente de su cansancio físico, del dolor de su cuerpo, de la sensación de sed y de hambre. Pero sobre todo sentía confusión.

—¿Qué me has hecho? —preguntó jadeante y casi afónica por los gritos de los orgasmos de los últimos días. Fue una pregunta sencilla, sin miedo ni rencor pero sí con curiosidad.

—No tienes ni idea del poder que tiene el sexo, la atracción visceral hacia otro cuerpo sobre cualquier ser vivo. —Sonrió Loke—. Simplemente he ampliado tu deseo sexual y tu desinhibición. He sustituido la culpa y la vergüenza por líbido. Te he hecho olvidar gente y compromisos, y he engañado a tu cuerpo para que confunda sus apetencias. Tenías sed, pero solo querías beber de mi. Tenías hambre pero solo deseabas comerme a mí. He sido tu mundo, pequeña.

Candi se levantó lentamente y se dirigió al cuarto de baño. Bebió abundante agua y se quedó mirando su reflejo en el espejo. Tenía ojeras muy marcadas bajo los ojos rojos e hinchados por falta de sueño. Los labios secos, el pelo sucio y estaba visiblemente más delgada. Angustiada, abrió el grifo para darse un baño, aún confundida por la revelación de Loke. Cuando entró en la bañera de hidromasaje se hundió hasta dejar tan solo la cabeza fuera del agua, queriendo con ese gesto, ocultar la vergüenza que comenzaba a embargarla y el peso de la culpa que empezaba a acarrear sobre sus hombros.

Loke entró, la miró y caminó desnudo hacia ella.

—Ahora estás libre de esa influencia. O casi. Si quieres que me vaya solo tienes que decirlo.

—No sé lo que quiero. No sé quién eres… no sé quién soy. —Loke se acercó a su espalda, entró en la bañera y se acomodó tras ella. Con una de sus fuertes y poderosas manos tomó uno de sus pechos mientras la otra se colaba entre sus piernas de nuevo.

—Estas son las reglas —dijo sugerente junto a su oído—. Puedo irme ahora para siempre, o quedarme. Pero si decides que me quede, solo estaré hasta el sábado por la mañana. Durante el resto del día, podrás recuperarte para seguir con tu aburrida vida. Eso sí, hasta ahora yo te he proporcionado placer incondicional, a partir de ahora quiero que desees complacerme. Harás cuanto yo te pida con tal de que esté satisfecho. Estarás fuera de mi “encanto”, por llamarlo de alguna manera y  todo lo que hagas será por voluntad propia. A cambió te diré un pequeño secreto, ten presente en todo momento que soy un mentiroso, que no te puedes fiar de mí,  pero sobre todo, quiero que seas consciente de que nunca nadie te dará el placer que yo puedo darte.

Mientras hablaba tocaba a Candi, excitándola. La mujer se sentía entre brumas, mareada, borracha de deseo. Entendió todo lo que decía Loke. Comprendió las consecuencias. Fue consciente de que había estado bajo su embrujo. Pero también rememoró del placer que había vivido estos últimos días. Sabía qué era lo que debía hacer, pero también sabía que era incapaz de rechazarlo… No, lo necesitaba, ansiaba la sensación de plenitud cuando la poseía y el estado de paz y letargo después del sexo. Lo necesitaba más que comer, beber o dormir. Aceptaría estos días con él, aguantaría un poquito más y luego lidiaria con las consecuencias. Necesitaba complacerlo, necesitaba la sensación que le proporcionaban sus manos, su cuerpo, sus ojos… Solo deseo y sexo.

Se dio la vuelta y se arrodilló. Loke se incorporó, dejando su miembro a la altura de la cara de Candi. Si el pago que debía hacer era satisfacerlo, no le supondría problema ninguno.

Loke sonreía maliciosamente mientras Candi se afanaba en proporcionarle la mejor felación que hubiera practicado en su vida. Sus ojos esmeralda centellearon en la penumbra de la habitación mientras con un sonido gutural se dejaba llevar en su boca.

Miércoles 13:00 pm.

Sonó un conocido tono en la casa despertando a Candi. El móvil vibraba en algún lugar del apartamento. ¿Desde cuándo no usaba un teléfono? Cuando pudo moverse andó trastabillando por el salón hasta que encontró el aparato, sin apenas batería, en un rincón junto al bolso abierto. Descubrió que tenía 64 llamadas perdidas, la mayoría de su marido, y cientos de mensajes de Whatsapp. Al recordar a su marido sufrió vértigo y cayó arrodillada en el suelo del comedor, donde había tenido sexo varias veces con Loke. ¿Cómo era posible que no se hubiera acordado de su esposo en estos días? El vértigo dio paso al miedo y el miedo a la ira. Llamó a Loke buscándolo por toda la casa pero no había rastro de él. Tenía la intención de hacerle desaparecer, de echarlo y recuperar su vida. ¿Es que acaso se había vuelto loca? Amaba a su marido, ¿cómo había sucedido todo esto?

Recorrió todo el apartamento sin encontrarlo. De su paso por su casa quedaba el olor a sexo, que parecía impregnar las paredes, y su maleta negra en el sofá del salón. La abrió buscando algún dato sobre la identidad de su misterioso amante pero estaba completamente vacía.

Confusa, se enfrentó de nuevo al sonido del móvil. Se puso de pié, respiró hondo y contestó la llamada de su marido.

—¡¿CANDI?! ¡Gracias a Dios, Candi! ¡Dime que estas bien, por favor!

—Sí, sí, estoy bien. Perdóname cariño, perdóname…  He metido la pata hasta el fondo pero te quiero tanto…

—¿Pero qué te ha pasado? Nadie sabe nada de ti, ni tus padres ni tus amigas. Estoy de camino al aeropuerto para volver…

—¡No! —No supo si dijo un “no” tan rotundo por miedo a que regresara antes de deshacerse de Loke o porque aún no se había cumplido el plazo que su amante le había dado y deseaba cumplirlo. —. No, estoy bien, de verdad. Simplemente un poco mareada. El domingo nada más llegar del aeropuerto me quede dormida y al despertar, casi de noche, tenía una jaqueca horrible. La peor que he tenido nunca. Bajé el volumen del móvil y  desconecté el teléfono. Me pasé la noche en la cama a oscuras sin poder dormirme, el más leve ruido me hacía estallar la cabeza. —Inventó la historia de manera natural. ¿Podría creerse su marido que había estado durmiendo tres días?

—¿Pero estás bien? ¿Fuiste al médico el lunes? —Candi estaba de pie en el centro del salón, como estos últimas días sin otro atuendo que su piel desnuda, sorprendida de su propia imaginación y naturalidad al mentir a su marido. Seguía traicionando a la persona que más quería en el mundo y sin embargo, era incapaz de dejar de hacerlo.

—El lunes, a media mañana, me encontraba mejor pero estaba agotada. Me tomé un par de pastillas para dormir, las que me recetó el médico para la ansiedad, y por lo visto me han hecho un efecto devastador. Esta mañana… —Candi contuvo el aliento cuando notó como unas abrasadoras manos la tomaban de la cintura y tiraban con fuerza de ella hacia atrás. La ira se mezcló con el deseo.

—¿Candi?

—Sí, es que la comunicación se corta un poco. Te decía que esta mañana he ido a urgencias y por lo visto estoy bien. Solo necesito reposo y recuperar fuerzas, pero estoy bien —repitió. Intentó alejarse del cuerpo de Loke, pero sus expertas manos recorrían su cuerpo excitándola con cada roce—. Tú no te preocupes, cariño. Cierra todos tus negocios que yo te espero aquí.

Dirigida por los potentes brazos de Loke se fue acercando hasta el sofá.

—¿Estás segura, cielo? No sé si fiarme, está en juego mucho dinero pero si tu estás mal, mando la empresa a la mierda sin dudarlo ni un segundo.

—No seas tonto… Sé que este viaje es importante para ti. —Loke estaba sentado en el sofá y la había acomodado de pie, de espaldas a él, metiendo sus rodillas entre sus piernas mientras la tocaba —. Termina tus negocios que yo te espero. Cuando vuelvas estaré recuperada y te compensaré, te juro que te compensaré por todo… —Candi apenas podía contener sus jadeos.

—De acuerdo, pero te llamaré en un rato para ver como sigues, y más te vale contestar. ¿De acuerdo? Te noto como si te faltara el aire.

—Sí…Quiero decir no… estoy bien. Me llamas en un rato, ¿vale?

—Vale. Hasta luego, amor mío. Te quiero.

—Y yo también te…. —En ese momento Loke la sentó sobre sí mismo y con un rápido movimiento de cadera la penetró con  firmeza, quedándose inmóvil a continuación. —te… quiero. Adiós, cariño. —Candi colgó el móvil con urgencia y lo dejó caer al suelo. Arañó los muslos de Loke que, riendo a carcajadas, continuaba adentrándose con fiereza dentro de ella mientras Candi gritaba en medio de la bruma del éxtasis, saltando sobre el miembro de Loke y balanceando sus caderas al ritmo que él le marcaba.

Miércoles 15:00 pm.

Después del sexo y la confusión posterior, Candi se enfrentó nuevamente a Loke. Era el momento de buscar respuestas.

—¿Quién eres? Apareces de pronto, me drogas, me follas… ¿Qué quieres de mí?

—Ya te dije quién soy y lo que busco. Y vamos, no me insultes, por favor, ¿drogarte? —soltó una carjacada—. No, no te he drogado. Es otra cosa. ¿Es mucho pedir compartir placer?

—Lo que sea. Si querías placer de mí ya lo has obtenido. Ahora vete. Deja que recupere mi vida.

Se dirigió hasta el salón y le lanzó la maleta vacía.

—Que yo sepa no has perdido tu vida —dejó caer de nuevo la maleta al suelo y caminó despacio hacia ella, como un experto depredador hacia su presa—. De hecho ahora es más rica, más completa. Tienes más experiencia. Como te dije, muy pocas personas han tenido el placer de sentir lo que estás disfrutando tú. Y el placer que yo busco no es solo físico. Esos minutos en los que te tocaba mientras hablabas con tu marido… Mmm… —Candi observó como su pene se alzaba erecto de nuevo—.  Esa despedida mientras te penetraba… Tus jadeos contenidos mientras tus músculos se apretaban alrededor de mí. Ese es el placer que busco. No sabes lo deliciosa que es tu culpa mezclada con tu excitación. No puedes entender lo sublime que es follar contigo mientras te debates entre lo correcto y lo incorrecto. Entre la ira y el deseo…

Candi estaba paralizada ante sus palabras y para mayor vergüenza, totalmente excitada. Loke permanecía quieto, apenas unos pasos alejado de ella, observando satisfecho como, inconscientemente, Candi había bajado su mano hacia su sexo y había comenzado a acariciarse. En cuanto notó la humedad en su mano dejó de tocarse, cayó de rodillas al suelo y enredó los dedos en su cabello.

—¿Eres una especie de brujo? ¿Un demonio? ¿Quieres corromperme para llevarte mi alma al infierno? —Empezó a sollozar desquiciada.

—¿Acaso tengo pinta de demonio?  Mírame, no tengo nada que esconder. Abrió los brazos mostrando su desnudo y perfecto cuerpo—. Pero cierto es, que te dije que no debías fiarte de mí. ¿Quieres que me marche? ¿Lo deseas de verdad? Te propongo una cosa, dulce Candi. Voy a irme para que puedas meditar sin ninguna influencia una decisión. Justo a media noche llamaré a tu puerta, solamente una vez, si quieres que me quede hasta el sábado me dejarás entrar. Si no abres, no volverás a verme.

Loke sacó de su maleta, que aparentemente había estado vacía horas antes, un traje oscuro y se vistió con movimientos eficientes y  felinos mientras Cándida recorría el bello cuerpo masculino con su mirada. Sin mediar palabra, giró sobre sus talones y salió del apartamento.

Miercoles 23:59 pm.

Candi caminaba inquieta por el salón. Apenas quedaba un minuto para la medianoche y el corazón galopaba sin control dentro de su pecho. Esperaba desnuda y ansiosa, con la puerta entreabierta la llegada de su amante.

—¿No he tenido ni que llamar? —Se mofó Loke, apoyado sobre el marco de la puerta de entrada, sonriendo ladino y desabrochándose ya los botones de la camisa.

—Hasta el sábado. Solo hasta el sábado… —murmuró intentando convencerse a sí misma.

Caminó hacia él y se pegó a su cuerpo como el sediento ansía el agua. Loke colocó ambas manos sobre el trasero de la jovén y la apretó con firmeza contra su erección.

—Suficiente.

Bajó sus labios y se adueñó de su boca.

Viernes 22:00

Candi había recuperado un estado físico aceptable. Comía, bebía y dormía de forma adecuada. Hablaba por teléfono con su marido, amigos y familiares; y el resto de tiempo hacía el amor con Loke. Aunque en realidad esa no era la expresión adecuada. “Hacer el amor” lo hacía con su esposo. Con Loke era otra cosa, algo indescriptible pero ni remotamente cercano al amor.

Por su parte, Loke buscaba provocarla, confundirla, extasiarla, hundirla, enfadarla… Psicológicamente estaba perdida, completamente náufraga a merced de aquel hombre. Cualquier cambio en sus sentimientos o en su estado de ánimo parecía agradarle y excitarlo. Habían probado casi todas las formas de sexo que Candi conocía y algunas que ni en sus más retorcidos sueños hubiera imaginado. Todas las experiencias magistralmente conducidas por Loke, perfectas y, como siempre, satisfactorias.

Candi no podía hacer otra cosa que aceptar el inmenso placer que obtenía. Sabía en lo que se había convertido, se veía a sí misma como una adicta. Era incapaz de decir que no y nunca tenía suficiente, simplemente quería más. A menudo, después de la descarga de endorfinas y entre descanso y descanso, pensaba en una frase de una película que vió hace tiempo sobre un grupo de chicos enganchados a la heroína “Coge el mejor orgasmo que hayas tenido, multiplícalo por mil y ni siquiera andarás cerca.”  Ella estaba experimentando esas cotas de placer, esa sensación que jamás pensó que existiría. Sin embargo, una cosa sí había cambiado. Estaba firmemente decidida a acabar con esa situación el sábado por la mañana.

Sábado 10:00 am.

—Hoy nos despedimos, mi pequeña Cándida. ¿No sientes un poco de pena? — Tumbados en la cama de matrimonio, el hombre de los ojos verdes acariciaba con la punta del dedo la espalda sudorosa de la mujer.

—Ni la más mínima. Me has destrozado la vida —dijo con pesar—. Te odio. No sé qué va a pasar a partir de hoy pero no creo que vuelva a recuperar la felicidad que tenía antes de que aparecieras.

—Es probable que no, pero si te sirve de consuelo te has ganado el cielo. Literalmente.

Candi, ante tan extraña afirmación, se volvió para preguntar, pero Loke  había abandonado la cama de un salto y caminaba hacia la puerta del dormitorio.

—Arriba. Para mi despedida quiero algo especial. Vamos a jugar a “la mujer infiel”.

—¿A jugar? Ya soy una mujer infiel —se lamentó Cándida desesperada.

—¿Cómo ha sido el sexo hasta ahora, Candi? Pues no es nada comparado con lo que tengo preparado para ti.

Candi se levantó de la cama, derrotada pero incapaz de negarse esa última vez y se dejó arrastrar al salón. Loke la sentó en el sofá y la miró desde arriba, triunfante.

—¿Así que ya eres infiel? Sí, sin duda lo eres, pero no como me hubiera gustado a mí —dijo enigmático—. Mejor cambiemos el nombre del juego, “el marido cornudo”. —La culpa se reflejaba en el rostro de Candi y bajó la mirada incapaz de enfrentarse a la verdad de sus palabras.

—El juego es muy fácil. Voy a vendarte los ojos y mientras te poseo, quiero que imagines que tu maridito está mirándonos.

—No voy a jugar a eso. No puedo —intentó levantarse pero él le cerró el paso—. Es lo más retorcido que me has propuesto, por favor…

—¡Oh, vamos! Lo dudo mucho, nena. Además, es mi despedida y puedo pedir lo que quiera. No imagines nada si no quieres, simplemente sígueme la corriente — le colocó una venda sobre los ojos—. Venga, sabes que me lo merezco. Me quedaré aquí hasta que juguemos —la mujer, con cada vez menos reticencia agarró el miembro de Loke—. Eso es, después de jugar no volverás a verme. Te lo prometo.

Loke se mantenía de pie, con una sonrisa lobuna, mientras Candi paseaba sus manos por la erección de su compañero de juegos.

—Sí… Se que te gusta más que la de tu marido. Es más grande y gruesa, ¿verdad? Hasta sabe mejor —Candi permanecía callada masajeando el miembro de Loke—. Aunque no lo admitas yo sé que la mía te vuelve loca. —Con una mano acercó hacia él la cabeza de Candi —. Si no vas a hablar puedes hacer otras cosas con la boca.

Candi dejó lo que tenía entre manos, se arrancó la venda de los ojos y aguantando las lágrimas salió del salón dando un sonoro portazo.

—¡Has hecho trampa, Cándida! Si no cumples tu parte del trato yo no cumpliré la mía. ¿Qué dirá el cornudo de tu marido cuando me vea mañana en tu cama?

Pasados cinco minutos, una Candi derrotada entraba de nuevo en el salón.

—Acabemos con esto. Tienes mi cuerpo pero deja mi cabeza en paz. —Cogió la venda y se la puso sobre los ojos. Casi lo prefería, así no tendría que ver el rostro de aquel hombre.

Loke se esmeró en los preliminares para tener dispuesta a Cándida de inmediato, y ella se dejó llevar esperando que él se marchara lo más pronto posible. Candi no tenía la menor duda de lo que quería. Amaba a su esposo y Loke la había embaucado. Era cierto que había experimentado muchísimo placer, pero si lo comparaba con el amor que sentía hacia su pareja, ese placer no tenía valor alguno. Ahora que tenía la mente lúcida solo quedaba jugar una última partida representando el papel que había impuesto su caprichoso partenaire.

Por su parte, Loke buscaba que Candi entrara en su juego. Le proporcionaba placer pero la provocaba y humillaba con sus palabras. La llevaba el límite, rozando al máximo lo que podía soportar su compañera de juego. Era un sublime maestro en estas artes y conforme avanzaban, Candi entraba poco a poco en el papel que estaba representando.

—¿Te gusta cómo te toco? —Candi notaba el frío cristal de la ventana contra sus pechos y su abdomen, mientras Loke, a su espalda,  acariciaba con su erección la entrada a su cuerpo sin llegar a profundizar en ella. Mecía las caderas y mordisqueaba su cuello a placer sujetándole las manos contra el vidrio.

—Oh, sí.

—Nadie más te hace sentir lo que yo, ¿verdad? Tu amado esposo ni se acerca, admítelo.

—Ni se acerca. —El placer subía y bajaba de intensidad a voluntad del maestro de ceremonias y Candi se dejaba hacer, como tantas otras veces esa semana.

—Ahora voy a tomarte, nena.  ¿A tu marido le gusta hacerlo de pie?

Sin esperar una respuesta se separó de ella apenas un par de metros provocando un gemido de protesta. Estaba absolutamente excitada y el desconcierto de su separación aumentaba su deseo. La determinación inicial había quedado en un segundo plano y ahora solo ansiaba conseguir un último orgasmo.

—Eso es, ahora puedes usar tu imaginación. Piensa que no eres tú, que eres alguna zorra que se tira al primero que conoce. ¿Te gusta la idea? ¿Te excita? ¿Es así, eres esa zorra? —Loke tiró de ella y la colocó en el centro del salón. Se pegó a su espalda de nuevo y con ambas manos abarcó sus pechos— Contéstame.

—Sí, soy esa zorra. —Meció su trasero contra Loke, pero él volvió a separarse. Escuchó un sonido, algo metálico sobre la mesa. ¿Unas esposas quizás?

De nuevo notó su presencia a su espalda, sintió el calor de su pecho y la erección contra sus glúteos.

—Claro que lo eres. —Mordisqueó su oreja y metió una mano entre sus piernas—. Ahora dime qué es lo que quieres.

—Quiero que me folles —respondió suplicante.

—¿Y cómo quieres que lo haga?

—Duro. Fuerte. Ahora…

Candi había perdido el control. Loke se recreó en el acto. La hizo agacharse, tiró de su pelo enroscándolo en su mano y con la otra sujetó con firmeza la cadera de la mujer al tiempo que con un gruñido de satisfacción la penetraba hasta el fondo. Candi se arqueó y gimió de placer.

—¿Te gusta?

Candi jadeó con cada golpe de cadera.

—Contesta. —Loke dio una fuerte estocada que la hizo saltar.

—¡Sí!

—Suplícame que te lleve al orgasmo.

En ese momento se oyó cerrarse una puerta a lo lejos, pero Candi no fue capaz de escuchar nada que no fuera el choque de su cuerpo contra el de Loke y su respiración errática acompañada de agudos jadeos.

—Dilo. Ahora.

—Por favor, no pares. Acelera.

—Di que disfrutas más conmigo que con tu marido. Di que prefieres que te folle yo. Dilo…

—Lo haces mil veces mejor que mi marido. ¡Sí!

—Entonces estamos de acuerdo en que tu marido es un cornudo. ¿Lo és? Dilo. Grita que tu marido es un cornudo.

—¡Sí! Mi marido es un cornudo que no sabe follarme como tú lo haces.

En ese momento, el orgasmo les sobrevino a ambos al tiempo que Loke soltaba la venda de sus ojos y descubría ante Candi la imagen de su esposo, mirando el bochornoso espectáculo, apuntando a ambos con una arma.

—¡No! Por favor, no… —Candi rompió a llorar.

Loke salió del cuerpo de la mujer y la dejó caer al suelo de rodillas.

El arma temblada en las manos de su marido que desvió la pistola a la cabeza de Candi.

—Eres muy afortunado, tu mujer folla realmente bien. He pasado una semana estupenda entre sus piernas.

El marido de Cándida desvió la mirada al cuerpo desnudo de Loke. Este vio el odio y la venganza en ellos y sonrió abriéndose de brazos.

—No lo escuches, por favor —suplicó Candi entre lágrimas.

—¿Qué pasa, Candi? —Contraatacó Loke—. Ahora te arrepientes, pero seguro que si volviera a tocarte te humedecerías para mí. ¿Quieres que lo comprobemos?

Caminó tan solo un paso hacia ella.

—¡Quieto! —gritó el marido.

—Cariño, escúchame, por favor. Eso es lo quiere. Deja que se vaya, que se aleje de nuestras vidas, yo te quiero. Te quiero tanto…

El arma volvió a estar sobre la cabeza de Candi.

—Sé que ahora no me crees y que es difícil de entender, pero no he tenido opción. Él no es lo que parece, por favor… cariño…

—¡Oh, vamos! ¿No irás a creerte ahora que tu mujer no quería que me la tirara? Lo has visto, la has oído gritar que nadie la ha follado como yo mientras se corría entre mis brazos y te llamaba cornudo, ¿qué más pruebas quieres? ¡Dispara! ¡Mátanos si tienes lo que hay que tener!

—¡Mírame! Cariño, por favor, mírame.

Los ojos de Candi se encontraron con los de su esposo, suplicantes. El sonido sordo reverberó en todo el salón cuando el arma cayó a los pies de este, visiblemente derrotado. No sabía qué consecuencias acarrearían los actos de Candi, pero sí sabía que era incapaz de hacer daño a su mujer.

—¡No! —gritó Loke con voz grave.

El matrimonio miró en su dirección y lo vio transformarse ante sus ojos. Su figura aumentó de tamaño y sus facciones se desfiguraron creando una imagen siniestra, sus ojos verdes brillaban amenazantes.

—¡Tú! ¡Lo has estropeado todo! ¿Qué clase de hombre permite que se follen a su mujer cómo yo lo he hecho?  Tú alma era mía. ¡Mía!

Ambos estaban paralizados mientras Loke seguía mutando en una especie de bestia. La voz, antes clara y profunda se había transformado en una mezcla de rugido y gorgoteo. Aún se podían distinguir las palabras.

—¿Para esto sirve el amor? Malditos seáis. Vosotros y todos los vuestros …

En ese momento, Cándida y su marido perdieron el conocimiento.

Sábado 10:00 a.m

En ese momento se oyó cerrarse una puerta a lo lejos, pero Candi no fue capaz de escuchar nada que no fuera el sonido de la olla exprés. Canturreaba al tiempo que metía la comida en tarros para congelar y tener listo el menú de toda la semana, cuando unas manos la sobresaltaron al posarse sobre su cintura.

—Estás tan sexy mientras cocinas…

Candi sonrió pegando la espalda al pecho de su marido.

—¡Me has dado un susto de muerte! Se dio la vuelta y le rodeó el cuello con sus brazos

—¿Y quién iba a ser sino?

—Mi amante, quizá.

—Tu amante estaría muerto en estos momentos.

Cándida sonrió y de un salto enroscó las piernas en la cintura de su marido.

— ¡No te esperaba hasta mañana!

—No podía estar más tiempo sin ti.

Comenzó a caminar con ella en brazos hasta la habitación.

—Entonces, intuyo que estás ansioso porque encarguemos a nuestro bebé…

—Ansioso no, cariño. Desesperado.

La dejó caer en la cama y comenzaron a deshacerse de la ropa que les estorbaba.

9 meses después.

La enfermera acercó al recién nacido a los brazos del orgulloso padre, que comprobó complacido la perfección de la inocente criatura. El bebé lloraba desconsolado hasta que el marido de Candi lo arropó junto a su pecho mientras la madre se reponía.

El llanto cesó de pronto y el niño abrió los ojos, dejando ver el tono singular de los mismos. Grises como los de Cándida, pero con unos extraños destellos de color verde que los hacían tremendamente hipnóticos.

Comentarios

2 comentarios

Mysticnox

Decir que me ha encantado es quedarse corta. NO SE PUEDE MÁS, Tessa. Loke me ha dejado loca qué quieres que te diga jajajajja.
Por cierto que desde ya te animo a que escribas erótica porque talento no te falta.
Muacsssss

Janeth

Tessa casi me matas de la angustia, super bueno el relato… super bueno para un dia como hoy!! Feliz dia de las brujas, jajaja


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